¿Qué hay detrás de la ventana?

Allende, la señora Lucía y yo…

Publicado en extracto por chyutronic en Septiembre 7, 2008

“-Tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano.”

Cresta, cresta, cresta: ahí empezábamos a despedirnos.

A partir de ese deplorable discurso con ribetes éticos, aunque desprovisto de toda instrucción concreta, los ánimos de la población adicta al gobierno comenzaron a declinar de manera ostensible. Llegó poco después al Palacio de La Moneda el compañero Hernán del Canto, que militaba en el ala más fogosa del socialismo duro, con cara de ratón a pedir instrucciones. ¿Qué hacemos? Buena pregunta. Un importante ministro sugirió entonces, fíjense ustedes en lo atinado de la idea, rodear La Moneda con un escudo de cientos de miles de trabajadores. ¡Un escudo humano de gente, a ver si resultaba, mierda! Altamirano, el implacable Altamirano, el feroz Altamirano, estaba desaparecido, doblado en cuatro dentro de su Fiat 600 en algún lugar seguro o a lo mejor no tan seguro. Volodia  y Corvalán en otros lugares inseguros o seguros. Mireya Baltra en otro lugar inseguro o seguro. Gazmuri y Garretón, sin y con barba respectivamente, estaban a su vez en lugares o inseguros o seguros. Los generales de carabineros que, o bien despistados o bien en razón del cumplimiento cabal de sus obligaciones constitucionales, habían llegado hasta La Moneda, decidieron retirarse majestuosamente. La guardia de Palacio, compuesta por carabineros de gran estatura y brillo en las botas, hizo lo propio. Clap, clap, clap, su firme taconeo se fue alejando por el patio hasta salir a la calle. Los detectives de Palacio saludaron emocionadamente, el compañerismo es el compañerismo, gracias por los agradables tiempos pasados en este grato lugar, y se fueron. Los ministros que llegaron hasta el poco prometedor recinto buscaron cada cual su modo de ausentarse. En la ciudad de Santiago y en el resto del largo y conmocionado país los trabajadores de la patria estaban en sus puestos de trabajo o en sus puestos en sus casas o en sus puestos en el water. Estaba la manza zorra. El perro Olivares instaló una delgadísima ametralladora, aunque ametralladora al fin, que le valió un comentario ácido de don Edgardo Enríquez: mal estamos cuando los periodistas tienen que sacar armas para defenderse. El GAP se rindió de a poco, y sus efectivos fueron brotando desde la puerta de Morandé a la manera de un montoncito de cuerpos en cascada, con unos trapos blancos como bandera. Olivares, finalmente, se quitó la vida. Allende mandó a sus hijas y mujeres a salir de La Moneda. Estaba la mansa mierda. ¿Adónde envió a sus mujeres e hijas? Salgan de aquí, por lo que más quieran, ya, váyanse. ¿Adónde envió a los trabajadores? A la nada misma. ¿Dónde estaban los entusiastas dirigentes del Gobierno Popular del doctor Allende, los líderes de los partidos de izquierda, el pueblo organizado, los sindicatos obreros y campesinos, la juventud de la patria, la orgullosa mujer chilena, el pampino de rostro curtido por el sol, el pescador, el estudiante? Desaparecidos, chupados, desconcertados, desintegrados, mirando para arriba los aviones, loreando por la puerta, más nerviosos que la chucha. ¿Dónde estaban los partidarios fervorosos del proceso de tránsito hacia el socialismo?

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