Historia abreviada de la literatura portátil…
…Cada vez me parece más evidente que nosotros, los portátiles, hemos venido al mundo para expresar el fondo más secreto y recóndito de nuestra naturaleza. Esto es lo que nos separa de nuestros tibios contemporáneos. Y es que creo que estamos profundamente unidos al espíritu de la época, a los problemas subyacentes que la acosan y le dan su tono y carácter. Somos siempre duales en apariencia, y lo somos por cuanto encarnamos lo nuevo y lo viejo al mismo tiempo. Nosotros tenemos nuestras raíces en el mismo futuro que tan hondamente nos preocupa. Tenemos dos ritmos, dos rostros, dos interpretaciones. Estamos integrados con la transición, con el flujo. Sabios en un nuevo estilo, nuestro lenguaje es críptico, voluble y chiflado. Tan críptico como esta postal que está llegando a su término: una postal que, en el fondo, no pretende más que informarte de nuestra gran fiebre creadora y de nuestra constante exaltación del gusto por las expresiones literarias breves: una postal que alaba el lenguaje expedito y que denuncia el gesto pretencioso y universal del libro…
…A los shandys sus instintos de coleccionistas les fueron bien útiles. Aprender era una forma de coleccionar, como en las citas y extractos de las lecturas diarias que ellos acumulaban en cuadernos de notas que transportaban a todas partes y que solían, a menudo, leer en sus reuniones de conjurados de café. Pensar era también, para ellos, una forma de coleccionar, por lo menos en sus etapas más tempranas. Anotaban concienzudamente ideas extravagantes: desarrollaban miniensayos en cartas a amigos; reescribían planos para proyectos futuros; apuntaban sus sueños; llevaban listas numeradas de todos los libros portátiles que leían…
…pues el arte del vagabundeo por las calles de la imaginación revela la verdadera naturaleza de la historia de la ciudad moderna y nos conduce a las puertas de ese edificio singular, donde vive el último shandy.
Se trata de alguien que abarca su vida como un espacio en el que se puede trazar un mapa. Y es alguien que ya en Port Actif, fundando la sociedad secreta, se considera un melancólico al que la soledad le parece el único estado humano apropiado: la soledad en la gran metrópoli o la ocupación del paseador ocioso, libre para soñar despierto. Se considera un melancólico, pues vino al mundo bajo el signo de Saturno, que es la estrella de revolución más lenta, el planeta de los desvíos y las dilaciones. Y bajo ese signo se pierde, como buen paseante ocioso, en el laberinto de odradeks donde lentamente se rompe el hielo del Moldava…
…Para el último shandy, para quien su libro es otro espacio donde pasear, el verdadero impulso cuando lo miran es bajar los ojos, mirar a un rincón, bajar la cabeza hacia el cuaderno de notas, o mejor esconderla tras el muro portátil de su libro…
Allende, la señora Lucía y yo…
“-Tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano.”
Cresta, cresta, cresta: ahí empezábamos a despedirnos.
A partir de ese deplorable discurso con ribetes éticos, aunque desprovisto de toda instrucción concreta, los ánimos de la población adicta al gobierno comenzaron a declinar de manera ostensible. Llegó poco después al Palacio de La Moneda el compañero Hernán del Canto, que militaba en el ala más fogosa del socialismo duro, con cara de ratón a pedir instrucciones. ¿Qué hacemos? Buena pregunta. Un importante ministro sugirió entonces, fíjense ustedes en lo atinado de la idea, rodear La Moneda con un escudo de cientos de miles de trabajadores. ¡Un escudo humano de gente, a ver si resultaba, mierda! Altamirano, el implacable Altamirano, el feroz Altamirano, estaba desaparecido, doblado en cuatro dentro de su Fiat 600 en algún lugar seguro o a lo mejor no tan seguro. Volodia y Corvalán en otros lugares inseguros o seguros. Mireya Baltra en otro lugar inseguro o seguro. Gazmuri y Garretón, sin y con barba respectivamente, estaban a su vez en lugares o inseguros o seguros. Los generales de carabineros que, o bien despistados o bien en razón del cumplimiento cabal de sus obligaciones constitucionales, habían llegado hasta La Moneda, decidieron retirarse majestuosamente. La guardia de Palacio, compuesta por carabineros de gran estatura y brillo en las botas, hizo lo propio. Clap, clap, clap, su firme taconeo se fue alejando por el patio hasta salir a la calle. Los detectives de Palacio saludaron emocionadamente, el compañerismo es el compañerismo, gracias por los agradables tiempos pasados en este grato lugar, y se fueron. Los ministros que llegaron hasta el poco prometedor recinto buscaron cada cual su modo de ausentarse. En la ciudad de Santiago y en el resto del largo y conmocionado país los trabajadores de la patria estaban en sus puestos de trabajo o en sus puestos en sus casas o en sus puestos en el water. Estaba la manza zorra. El perro Olivares instaló una delgadísima ametralladora, aunque ametralladora al fin, que le valió un comentario ácido de don Edgardo Enríquez: mal estamos cuando los periodistas tienen que sacar armas para defenderse. El GAP se rindió de a poco, y sus efectivos fueron brotando desde la puerta de Morandé a la manera de un montoncito de cuerpos en cascada, con unos trapos blancos como bandera. Olivares, finalmente, se quitó la vida. Allende mandó a sus hijas y mujeres a salir de La Moneda. Estaba la mansa mierda. ¿Adónde envió a sus mujeres e hijas? Salgan de aquí, por lo que más quieran, ya, váyanse. ¿Adónde envió a los trabajadores? A la nada misma. ¿Dónde estaban los entusiastas dirigentes del Gobierno Popular del doctor Allende, los líderes de los partidos de izquierda, el pueblo organizado, los sindicatos obreros y campesinos, la juventud de la patria, la orgullosa mujer chilena, el pampino de rostro curtido por el sol, el pescador, el estudiante? Desaparecidos, chupados, desconcertados, desintegrados, mirando para arriba los aviones, loreando por la puerta, más nerviosos que la chucha. ¿Dónde estaban los partidarios fervorosos del proceso de tránsito hacia el socialismo?
literatura+enfermedad=enfermedad
ENFERMEDAD Y DIONISIO
Aunque la verdad de la verdad, la puritita verdad, es que me cuesta mucho admitirlo. Esa explosión seminal, esos cúmulos y cirros que cubren nuestra geografía imaginaria, terminan por entristecer a cualquiera. Follar cuando no se tienen fuerzas para follar puede ser hermoso y hasta épico. Luego puede convertirse en una pesadilla. Sin embargo no hay más remedio que admitirlo. Miren, por ejemplo, las cárceles de México. Aparece un tipo no precisamente agraciado, chaparro, seboso, panzón, bizco, y que encima es malo y huele mal. Este tipo, cuya sombra se desplaza con una lentitud exasperante por las paredes de la cárcel o por los pasillos interiores de la cárcel, al poco tiempo de estar allí se hace amante de otro tipo, igual de feo pero más fuerte. No ha habido un romance prolongado, un romance lleno de pasos y de estaciones. No ha habido una afinidad electiva tal como la entendía Goethe. Ha sido una amor a primera vista, primario, si ustedes quieren, pero cuya finalidad no difiere mucho de la finalidad buscada por tantas parejas normales o que nos parecen normales. Son novios. Sus galanteos, sus deliquios, son como radiografías. Follan cada noche. A veces se pegan. Otras veces se cuentan sus vidas, como si fueran amigos, aunque en realidad no son amigos sino amantes. Los domingos, incluso, ambos reciben las visitas de sus respectivas mujeres, que son tan feas como ellos. Obviamente ninguno de los dos es lo que llamaríamos un homosexual. Si alguien se los echara en cara probablemente ellos se enojarían tanto, se sentirían tan ofendidos, que primero violarían brutalmente al ofensor y luego lo asesinarían. Esto es así. Victor Hugo, que según Daudet era capaz de comerse una naranja entera de un solo bocado, prueba máxima de salud, según Daudet, típico gesto de cerdo, según mi mujer, dejó escrito en Los miserables que la gente oscura, la gente atroz, es capaz de experimentar una felicidad oscura, una felicidad atroz….Esa gente atroz, como decía, cuya felicidad es atroz, son aquellos rufianes que acogen a Cosette cuando Cosette aún es una niña, y que encarnan a la perfección no sólo el mal y la mezquindad de cierta pequeña burguesía o de aquello que aspira a formar parte de la pequeña burguesía, sino que con el paso del tiempo y los avances del progreso encarnan, a estas alturas de la historia, a casi la totalidad de lo que hoy llamamos clase media, una clase media de izquierda o de derecha, culta o analfabeta, ladrona o de apariencia proba, gente provista de buena salud, gente preocupada en cuidar su buena salud, gente exactamente igual (probablemente menos violenta y menos valiente, más prudente, más discreta) que los dos pistoleros mexicanos que viven su amor encerrados en un penal. Dionisio lo ha invadido todo. Está instalado en las Iglesias y en las ONG, en el gobierno y en las casas reales, en las oficinas y en los barrios de chabolas. La culpa de todo la tiene Dionisio. El vencedor es Dionisio. Y su antagonista o contrapartida ni siquiera es Apolo, sino don Pijo o doña Siútica o don Cursi o doña Neurona Solitaria, guardaespaldas dispuestos a pasarse al enemigo a la primera detonación sospechosa.
ENFERMEDAD Y APOLO
¿Y dónde diablos está el maricón de Apolo? Apolo está enfermo, grave.
Mexicanos perdidos en México (1975)…
“Escuché voces, me llamaban, a mi lado pasó el coche de Quim, vi la silueta de Alberto que bajaba del Camaro y de un salto estaba junto al coche en donde iban mis amigos. Sus acompañantes, sin bajarse, le gritaban que rompiera una de las ventanas del Impala. ¿Por qué no acelera?, pensé. El padrote de Lupe empezó a patear las puertas. Vi las caras de los matones en el interior del Camaro. Uno de ellos fumaba un puro. Vi el rostro de Ulises y sus manos que se movían por el tablero de mandos del coche de Quim. Vi la cara de Belano que miraba impasible al padrote, como si la cosa no fuera con él. Vi a Lupe que se tapaba la cara en el asiento trasero. Pensé que el vidrio de la puerta no iba a resistir otra patada y de un salto me vi junto a Alberto. Luego vi que Alberto se tambaleaba. Olía a alcohol, seguramente ellos también habían estado celebrando el fin de año. Vi mi puño derecho (el único libre pues en la otra mano llevaba mis libros) que se proyectaba otra vez sobre el cuerpo del padrote y en esta ocasión lo vi caer. Sentí que me llamaban de la casa y no me volví. Pateé el cuerpo que estaba a mis pies y vi el Impala que por fin se movia. Vi salir a los dos matones del Camaro y los vi dirigirse hacia mí. Vi que Lupe me miraba desde el interior del coche y que abría la puerta. Supe que siempre había querido marcharme. Entré y antes de que pudiera cerrar Ulises aceleró de golpe. Oí un disparo o algo que parecía un disparo. Nos han disparado, hijos de la chingada, dijo Lupe. Me volví y a través de la ventana trasera vi una sombra en medio de la calle. En esa sombra, enmarcada por la ventana estrictamente rectangular del Impala, se concentraba toda la tristeza del mundo. Son fuegos artificiales, oí que decía Belano mientras nuestro coche daba un salto y dejaba atrás la casa de las hermanas Font, el Camaro de los matones, la calle Colima y en menos de dos segundos ya estábamos en la avenida Oaxaca y nos perdíamos en dirección al norte del DF”.





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