forma vs enfermedad
forma 1 – enfermedad 0
Escribir sobre la enfermedad es siempre atractivo, pero mentiroso. La única manera de hacerlo realmente es en posición horizontal, mirando el techo desde la cama de un Hospital, esperando esos resultados que decidirán esa batalla entre la vida o la muerte ó la muerte en vida, que es casi lo mismo. La enfermedad es una batalla del cuerpo por no rendirse ante la catástrofe, al hálito de pestilencia y pudredumbre que nos llena y que indica que nuestras defensas están a punto de bajar los brazos, que ya te encuentras en el corredor de la muerte. Porque el cuerpo es débil, que duda cabe, y no siempre es capaz de seguir el ritmo, de bailar al compás.
forma 1 – enfermedad 1
El médico, como todos los días, se asomaba por la puerta a las 8 en punto. Para esa hora se suponía que mi cuerpo moribundo ya estaría con medicamentos, bañado, tomado desayuno y la cama hecha. Pero la realidad no era así gracias a la pelea que tenía con todo tipo de enfermeras y asistentes y que se venía librando desde las 5 y media de la mañana y que no me dejaba dormir. Cuando el médico aparecía la luz era casi inexistente por las cortinas cerradas y todo olía a muerte y destrucción. El panorama mostraba un cuerpo tendido sobre la cama, sin bañar y sin afeitar, en una posición completamente arbitraria, como si lo hubieran tirado ahí. Había preguntas de rigor, de buena crianza y de buena educación. Un manual para tratar al moribundo y también algunas excusas sobre cuando estaría el resultado de los exámenes. Requisito indispensable para ganar la guerra.
forma 2 – enfermedad 1
No hay enfermedades sino síntomas. De ahí su interés, porque se nos muestran como un crucigrama que es necesario descifrar y ponerle nombre. De ahí el interés por descubrir que es lo que nos sucede, que bichos nos comen por dentro. Descubrirlos es nombrarlos, y al hacerlo se logra una rara satisfacción, equivalente al detective que descubre al asesino que obviamente siempre es el mayordomo. Ciertas personas con tendencia a la Hipocondría y a la automedicación (todos conocemos a alguno) encuentran quizás precisamente ahí su satisfacción, en adelantar el pronostico aunque sea inventado. No importa que no sea cierto que tengo ésta u otra enfermedad. Basta con creerlo y vengan esas pastillas para terminar de asegurar esa sensanción de placer. Mientras más enfermedades mejor ya que son como cicatrices, heridas de guerra que se muestran con orgullo ante los ojos de otros tan sufridos como ellos en diálogos bizarros que sólo rozan la cordura.
forma 2 – enfermedad 2
Por su marcado acento mi médico era sin duda del otro lado de la cordillera. El entraba despreocupado y casi gritando un !Buenos días¡, como si fueran buenos, como no dándose cuenta de lo que allí sucedía. No se puede entrar así en medio de una batalla. Como mínimo se debe entrar medio agachado, agazapado por temor a que te llegue alguna bala. Hablando bajo para que no te escuche el enemigo. Los análisis siempre fueron desfavorables, por supuesto. Parecía que estar allí era una especie de rendición incondicional, aunque mi cuerpo seguía dando la batalla a brazo partido, y ésta venía firmada de antemano por un general al cual nosotros no conocíamos y que seguramente nos traicionó el muy maldito. Y mi médico era de su bando, si hasta tenía un anillo muy grande en su dedo meñique de la mano derecha. Seguramente una marca tenebrosa para reconocerse entre ellos.
forma 3 – enfermedad 2
“Pero también puede ser un acto liberador. Ejercer, durante unos minutos, la tiranía de la enfermedad, como esas viejitas que uno encuentra en las salas de espera de los ambulatorios y que se dedican a contar la parte clínica o médica o farmacológica de su vida, en vez de contar la parte política de su vida o la parte sexual o la parte laboral, es una tentación, una tentación diabólica, pero una tentación al fin y al cabo.” (Bolaño) Al igual que con Bolaño es el Hidago quien tiene al cuerpo entre la espada y pared. Quizás se trate del único organo que sea el receptáculo del aprendizaje poético. En él se hacen carne viva la comida, el alcohol, la automedicación y hasta enfermedades de transmisión sexual. Es el depositario de todos nuestros excesos, nuestras exageraciones. Bolaño lo sabía muy bien. Hizo de su médico Hepatólogo no sólo su médico de cabezera sino que también su amigo. Y aquí estamos, esperando el ascensor, Bolaño y Yo, para un nuevo control de los “índices”. Él sonrie y me dice que se me olvida un último síntoma del que tiene que hacerse cargo el Hígado. “El más importante”, me dice, mientras levanta un poco las cejas y se acomoda los lentes. “Y también el más maligno:…el aburrimiento“
forma 3 – enfermedad 3
El anillo tenía grandes letras en tres caras planas que rodeaban el dedo, lo que hacía ver el anillo de un aspecto rectangular. Logré ver que una de las letras coincidía con su apellido, las otras dos no pude reconocerlas. Usaba una ropa que correspondía a una moda antigua, de como hace 10 años. El tipo de camisa, así como la corbata y el marco de los anteojos de color dorado no coincidía con el aspecto de una persona de su edad. Lo que me hace pensar que quería parecer mayor. Lo que entre médicos es de gran utilidad. Mientras más experiencia en el campo de batalla se tenga, más te escuchan los soldados.
Alargue
El aburrimiento es el tedio. La derrota. …Yo creo (dice Bolaño analizando unos versos de Mallarmé) que Mallarmé está hablando de la enfermdad revestida con los trapos del aburrimiento. La imagen que Mallarmé construye sobre la enfermedad, sin embargo, es, de alguna manera, prístina: habla de la enfermedad como resignación, resignación de vivir o resignación de lo que sea. Es decir está hablando de derrota. (Bolaño) Y ahora que nos bajamos del ascensor y camino plácidamente por los campos junto a Bolaño, dejando la batalla atrás con sus luces y estrépitos pienso que este es el peor de los males, la resignación, la derrota que nos asola cada día. Y que a mí me tuvo a punto de palmarla y mi hígado fue el primero en saberlo. Que importa lo que haya comido, lo que haya bebido, los medicamentos que me haya autorecetado o las mujeres con que me haya acostado, si lo más importante era eludir al peor de los males: el aburrimiento y la resignación. La derrota inapelable.
…Comprendí -dijo Bolaño en ese momento de tranquilidad e infinita quietud- que los viajes, el sexo y los libros son caminos que no llevan a ninguna parte, y que sin embargo son caminos por los que hay que internarse y perderse para volverse a encontrar o para encontra algo, lo que sea, un libro, un gesto, un objeto perdido, para encontrar cualquier cosa, tal vez un método, con suerte: ‘lo nuevo’, lo que siempre ha estado allí…
Penales
Lo que mi acta de rendición impuesta no tenía planificado es que mi cuerpo y yo hicieramos una última jugada, una jugada desesperada, es cierto, una jugada del tipo del que sabe que va a morir irremediablemente pero que por lo menos quiere llevarse algunos del otro bando con él. Ese día cuando mi médico abrió la puerta el panorama era radicalmente opuesto a lo que se esperaba. Primera regla de Oro de toda batalla: atacar por sorpresa. Si hasta la gran cantidad de luz de la habitación le molestó al entrar y tuvo que cubrirse con el brazo. Las cortinas estaban abiertas de par en par; la cama hecha; el enfermo sentado, afeitado, bañado, desayunado y oloroso; si hasta una sonrisa (un poco desdibujada es cierto) se podía ver sin hacer mucho esfuerzo. Su cara fue de asombro, había recibido un certero tiro en el abdomen, letal a todas luces porque no atinaba a emitir palabra alguna. Sus últimas palabras fueron al teléfono, para pedir un formulario para dar el alta médica.
natalia…

…Por esos días, había que tener talento para no morirse. No cabíamos en nuestros calzones ni en nuestro sueño, caminábamos sin mirar para atrás, fumábamos como si fuera un acto de lucidez y tomábamos café negro para disipar el espanto…
Natalia es muchas cosas: Es una novela corta de 200 páginas, de un escritor chileno llamado Pablo Azocar; Es un nombre de mujer, el más bello de todos; Es equivalente a primavera y a verano, al pronunciarlo se siente el suave calor del sol en el rostro; Es una casa llena de niños y animales y risas y comida; Es también la habitación de Poe y de Proust, pero en la versión cinematográfica de Ruiz ampliada en escala 1.5 veces su tamaño. En esta habitación las ventanas están abiertas y entra una suave brisa. Hay muebles, pero no muchos. Hay que tener cuidado de no pisar al perrito que juega por el piso. Hay visitas todo el tiempo, personas venidas de todos lados para quienes las puertas siempre están abiertas. En el rincón más soleado hay siempre un hombre que duerme en el sillón, aunque no siempre es el mismo.
Natalia juega a ser Natalia, como quien se sabe un privilegiado. Y lo es. Su habitación es un campo donde la memoria y la moral juegan un juego cuyas reglas desconozco, pero el talento y la excelencia contemplan el juego y vaya que participan. La audacia y el valor también participan, pero sólo en momentos puntuales…el sufrimiento participa, el dolor participa, la muerte participa, pero con la condición de que jueguen riéndose.
Para jugar el juego hay que introducirse en su mecánica que es equivalente a decir en su biografía. Las reglas no están claras, por lo que el juego no es fácil. Sin embargo, ella parece siempre estar ajena a esa mecánica, en ella siempre hay otra cosa: una propuesta, un juego, un crucigrama que te dice acércate al espejo y mira. Quien lo haya intentado sabrá de que hablo. Para quienes fracasamos queda el consuelo de la valentía atribuída al intento, aunque fuese fallido. Sólo queda levantarse del sillón, aún domnoliento y emprender la retirada, no sin antes hacer un gesto de buena crianza, levantar mi sombrero y hacer una reverencia, como quien se despide ante una multitud.
…lo único que me queda por hacer es tomar un tarro de pintura y tapar el muro con una leyenda que diga Natalia Natalia Natalia Natalia Natalia Natalia Natalia Natalia Natalia Natalia Natalia Natalia y nadie podría volver a anotar algo en las paredes de la ciudad, porque no habría nada más que decir.
Al cabo de un rato llego otra vez a la Casona y cuando estoy pensando que me encontraré otra vez con la nada del potrero aparecen Melania, Vero y Guadalupe y me abrazan apretado, me piden que no me vaya y que juguemos una partida de póker. Yo me dejo caer en la gloriosa pechera de Guadalupe, carraspeo como para anunciar lo que se viene, a modo de confesión les digo que estoy un poco cansado…y desde alguna parte saco una de esas sonrisas inconclusas del tipo Buster Keaton, y aplaudo un poco, y trato con una morisqueta, y celebro no sé qué, y me río un poco más. Todo está bien, digo, ya durmiéndome, todo está bien…
literatura+enfermedad=enfermedad
ENFERMEDAD Y DIONISIO
Aunque la verdad de la verdad, la puritita verdad, es que me cuesta mucho admitirlo. Esa explosión seminal, esos cúmulos y cirros que cubren nuestra geografía imaginaria, terminan por entristecer a cualquiera. Follar cuando no se tienen fuerzas para follar puede ser hermoso y hasta épico. Luego puede convertirse en una pesadilla. Sin embargo no hay más remedio que admitirlo. Miren, por ejemplo, las cárceles de México. Aparece un tipo no precisamente agraciado, chaparro, seboso, panzón, bizco, y que encima es malo y huele mal. Este tipo, cuya sombra se desplaza con una lentitud exasperante por las paredes de la cárcel o por los pasillos interiores de la cárcel, al poco tiempo de estar allí se hace amante de otro tipo, igual de feo pero más fuerte. No ha habido un romance prolongado, un romance lleno de pasos y de estaciones. No ha habido una afinidad electiva tal como la entendía Goethe. Ha sido una amor a primera vista, primario, si ustedes quieren, pero cuya finalidad no difiere mucho de la finalidad buscada por tantas parejas normales o que nos parecen normales. Son novios. Sus galanteos, sus deliquios, son como radiografías. Follan cada noche. A veces se pegan. Otras veces se cuentan sus vidas, como si fueran amigos, aunque en realidad no son amigos sino amantes. Los domingos, incluso, ambos reciben las visitas de sus respectivas mujeres, que son tan feas como ellos. Obviamente ninguno de los dos es lo que llamaríamos un homosexual. Si alguien se los echara en cara probablemente ellos se enojarían tanto, se sentirían tan ofendidos, que primero violarían brutalmente al ofensor y luego lo asesinarían. Esto es así. Victor Hugo, que según Daudet era capaz de comerse una naranja entera de un solo bocado, prueba máxima de salud, según Daudet, típico gesto de cerdo, según mi mujer, dejó escrito en Los miserables que la gente oscura, la gente atroz, es capaz de experimentar una felicidad oscura, una felicidad atroz….Esa gente atroz, como decía, cuya felicidad es atroz, son aquellos rufianes que acogen a Cosette cuando Cosette aún es una niña, y que encarnan a la perfección no sólo el mal y la mezquindad de cierta pequeña burguesía o de aquello que aspira a formar parte de la pequeña burguesía, sino que con el paso del tiempo y los avances del progreso encarnan, a estas alturas de la historia, a casi la totalidad de lo que hoy llamamos clase media, una clase media de izquierda o de derecha, culta o analfabeta, ladrona o de apariencia proba, gente provista de buena salud, gente preocupada en cuidar su buena salud, gente exactamente igual (probablemente menos violenta y menos valiente, más prudente, más discreta) que los dos pistoleros mexicanos que viven su amor encerrados en un penal. Dionisio lo ha invadido todo. Está instalado en las Iglesias y en las ONG, en el gobierno y en las casas reales, en las oficinas y en los barrios de chabolas. La culpa de todo la tiene Dionisio. El vencedor es Dionisio. Y su antagonista o contrapartida ni siquiera es Apolo, sino don Pijo o doña Siútica o don Cursi o doña Neurona Solitaria, guardaespaldas dispuestos a pasarse al enemigo a la primera detonación sospechosa.
ENFERMEDAD Y APOLO
¿Y dónde diablos está el maricón de Apolo? Apolo está enfermo, grave.
Mexicanos perdidos en México (1975)…
“Escuché voces, me llamaban, a mi lado pasó el coche de Quim, vi la silueta de Alberto que bajaba del Camaro y de un salto estaba junto al coche en donde iban mis amigos. Sus acompañantes, sin bajarse, le gritaban que rompiera una de las ventanas del Impala. ¿Por qué no acelera?, pensé. El padrote de Lupe empezó a patear las puertas. Vi las caras de los matones en el interior del Camaro. Uno de ellos fumaba un puro. Vi el rostro de Ulises y sus manos que se movían por el tablero de mandos del coche de Quim. Vi la cara de Belano que miraba impasible al padrote, como si la cosa no fuera con él. Vi a Lupe que se tapaba la cara en el asiento trasero. Pensé que el vidrio de la puerta no iba a resistir otra patada y de un salto me vi junto a Alberto. Luego vi que Alberto se tambaleaba. Olía a alcohol, seguramente ellos también habían estado celebrando el fin de año. Vi mi puño derecho (el único libre pues en la otra mano llevaba mis libros) que se proyectaba otra vez sobre el cuerpo del padrote y en esta ocasión lo vi caer. Sentí que me llamaban de la casa y no me volví. Pateé el cuerpo que estaba a mis pies y vi el Impala que por fin se movia. Vi salir a los dos matones del Camaro y los vi dirigirse hacia mí. Vi que Lupe me miraba desde el interior del coche y que abría la puerta. Supe que siempre había querido marcharme. Entré y antes de que pudiera cerrar Ulises aceleró de golpe. Oí un disparo o algo que parecía un disparo. Nos han disparado, hijos de la chingada, dijo Lupe. Me volví y a través de la ventana trasera vi una sombra en medio de la calle. En esa sombra, enmarcada por la ventana estrictamente rectangular del Impala, se concentraba toda la tristeza del mundo. Son fuegos artificiales, oí que decía Belano mientras nuestro coche daba un salto y dejaba atrás la casa de las hermanas Font, el Camaro de los matones, la calle Colima y en menos de dos segundos ya estábamos en la avenida Oaxaca y nos perdíamos en dirección al norte del DF”.



