El último detective salvaje…

En el Café Martínez, hablo con Casimiro.
Mejor: En el café Martinez, Casimiro nos cuenta la historia de su vida, que para nosotros es una película. Conozco parte de la historia, ya que la he oído por partes, mitad en Santiago, mitad en Buenos Aires.
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Casimiro tenía el talento de aprovechar una ciudad como Buenos Aires, ya que estando en su casa no había que cambiar de manzana para poder aprovechar algunas de las principales delicias de la vida. Así sin caminar más de una cuadra uno podía ir por ejemplo al café Martínez o a Solomía (las mejores carnes de Buenos Aires), además de poder solucionar algunos problemas domésticos como ir al supermercado o comprar uno que otro insumo para la casa, aunque estos problemas eran los que menos preocupaban a Casimiro para quien lo cotidiano no existía, para él la vida estaba hecha sólo de hechos notables e hizo de su vida una película donde sólo hay escenas de acción y uno la mira sentado en la punta del asiento.
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La película es a la luz de las velas, como Barry Lyndon, la película de Kubrick que ha Casimiro tanto gustaba por los recursos visuales. Me lo imagino como a Redmond Barry, el protagonista, jugando a los naipes encantando a la multitud, la que está compuesta en su mayoría por chicas. Si embargo, a diferencia de Barry, Casimiro no fue por la vida buscando la promoción social ni menos los títulos de nobleza, lo suyo fue un deambular por el mundo en libertad, disfrutando cada momento como quien tiene los días contados. Casimiro siempre prefirió, en tiempos de escasez, gastarse los últimos pesos del mes en una buena trucha rellena preparada en un buen restorán a ahorrar o comprar cosas para la casa. Siempre prefirió vivir el momento y no en el largo plazo. En ese sentido fue un valiente, como el poeta que se adentra de noche solo en el cementerio.
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Los efectos visuales de la película se logran a través de la modificación de una cámara Mitchell y de objetivos Zeiss de focal 50mm y de abertura F0.7, que yo no tengo idea que significa pero que Casimiro de seguro sí, siempre ligado al mundo del cine, la publicidad y lo audiovisual. El café Martinez era por lo general nuestro refugio matutino, desayunábamos un par de capuchinos con algún dulce. Ahí supe de su paso por Chile y por Brazil. Ahí supimos de la mejor trucha rellena del mundo que paradójicamente se sirve en el campamento minero de Chuquicamata que ya no existe, en el desierto más árido del mundo, a kilómetros del mar y de cualquier río. Ahí supimos de Barry Lyndon y de que es mejor usar el cinturón de seguridad en los aviones o de lo contrario puede uno terminar pegándose cabezazos contra el maletero por hacerse el lindo con alguna chica. Y entonces me dan ganas de decirle que yo siempre me pego cabezazos por culpa de las chicas, pero no por hacerme el lindo ni tampoco por ir en ningún avión.
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Fue en una visita a Buenos Aires la última vez que lo vi. Fui con Lucho, quien iba a visitarlo como buen hijo que es. En cambio yo simplemente me aproveché de la ocasión para abusar de su hospitalidad y tomar unos días de descanso. Recuerdo que bajamos del avión cerca de la medianoche, tomamos un taxi a casa de Casimiro y al llegar, después de los abrazos respectivos, decidimos ir a Solomía. Pensé que era un poco tarde pero recordé que al otro lado de la coordillera los horarios están desplazados alrededor de 5 horas respecto de lo que nosotros acostumbramos. Después de una agradable comida y buena conversación, esperando para pagar la cuenta, nos vimos (los 3) moviendo nuestras cabezas al unísono en dirección a la puerta para ver salir a una chica de esas que hacen que se detenga la respiración. Ninguno atinó a decir nada, como si fuera una especie de homenaje el guardar silencio para no ensuciar una escena perfecta. Quizás sabíamos que en la película de nuestras vidas esa escena no tiene diálogos, quizás sólo el sonido de la zarabanda de Haendel, como en Barry Lyndon.
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Leyendo a Piglia (otro argentino) caí en la cuenta de que Casimiro encarna a la perfección la figura del ‘detective’, protagonista de toda novela policial. Encontré sin quererlo, la mejor forma de definirlo: soltero, célibe, sin ataduras ni con el dinero ni con las mujeres, características esenciales de todo verdadero investigador. No formó parte de ninguna institución social, no tuvo partido ni Dios ni bandera que guiara su destino, ni siquiera cultivó, de la manera que estamos acostumbrados, la célula básica de la familia. Esa cualidad antiinstitucional garantizó su libertad.
Cito a Piglia: Porque es libre y no está determinado, porque está solo y excluído, el detective puede ver la perturbación social, detectar el mal y lanzarse a actuar. Pero no se trata de la locura, sino de la lucidez extrema. Es la figura misma del gran razonador.
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Esa noche, cuando salíamos de Solomía, caminamos tranquilamente, nuevamente al unísono, por la vereda que nos conduciría a casa (Casimiro tenía la costumbre de tomarte el hombro al caminar, sobre todo de noche por seguridad). Ya llevábamos una media cuadra en silencio cuando Casimiro la tira: “Que lindas son las chicas lindas“, amarrando nuestra última escena en el restorán y dejando de paso estructurada toda nuestra película en ese viaje. Y no había mejor final porque la frase era perfecta y habla por sí sola. No había nada más que agregar.
Y justo cuando veo esbozar en mi rostro la misma sonrisa con que le contesté a Casimiro esa noche me dan ganas de parecerme más a él. Entonces decido que es hora de ir a dormir, he contado lo que conozco de su historia y la he entreverado con la mía, como debe ser. No he querido narrar otra cosa que la experiencia única de sentirlo narrar. Porque él fue para mí la pasión pura del relato. El último detective salvaje…
Aplausos…