¿Qué hay detrás de la ventana?

forma vs enfermedad

Publicado en textos por chyutronic en Noviembre 20, 2008

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Escribir sobre la enfermedad es siempre atractivo, pero mentiroso. La única manera de hacerlo realmente es en posición horizontal, mirando el techo desde la cama de un Hospital, esperando esos resultados que decidirán esa batalla entre la vida o la muerte ó la muerte en vida, que es casi lo mismo. La enfermedad es una batalla del cuerpo por no rendirse ante la catástrofe, al hálito de pestilencia y pudredumbre que nos llena y que indica que nuestras defensas están a punto de bajar los brazos, que ya te encuentras en el corredor de la muerte. Porque el cuerpo es débil, que duda cabe, y no siempre es capaz de seguir el ritmo, de bailar al compás.

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El médico, como todos los días, se asomaba por la puerta a las 8 en punto. Para esa hora se suponía que mi cuerpo moribundo ya estaría con medicamentos, bañado, tomado desayuno y la cama hecha. Pero la realidad no era así gracias a la pelea que tenía con todo tipo de enfermeras y asistentes y que se venía librando desde las 5 y media de la mañana y que no me dejaba dormir. Cuando el médico aparecía la luz era casi inexistente por las cortinas cerradas y todo olía a muerte y destrucción. El panorama mostraba un cuerpo tendido sobre la cama, sin bañar y sin afeitar, en una posición completamente arbitraria, como si lo hubieran tirado ahí. Había preguntas de rigor, de buena crianza y de buena educación. Un manual para tratar al moribundo y también algunas excusas sobre cuando estaría el resultado de los exámenes. Requisito indispensable para ganar la guerra.

forma 2 – enfermedad 1

No hay enfermedades sino síntomas. De ahí su interés, porque se nos muestran como un crucigrama que es necesario descifrar y ponerle nombre. De ahí el interés por descubrir que es lo que nos sucede, que bichos nos comen por dentro. Descubrirlos es nombrarlos, y al hacerlo se logra una rara satisfacción, equivalente al detective que descubre al asesino que obviamente siempre es el mayordomo. Ciertas personas con tendencia a la Hipocondría y a la automedicación (todos conocemos a alguno) encuentran quizás precisamente ahí su satisfacción, en adelantar el pronostico aunque sea inventado. No importa que no sea cierto que tengo ésta u otra enfermedad. Basta con creerlo y vengan esas pastillas para terminar de asegurar esa sensanción de placer. Mientras más enfermedades mejor ya que son como cicatrices, heridas de guerra que se muestran con orgullo ante los ojos de otros tan sufridos como ellos en diálogos bizarros que sólo rozan la cordura.

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Por su marcado acento mi médico era sin duda del otro lado de la cordillera. El entraba despreocupado y casi gritando un !Buenos días¡, como si fueran buenos, como no dándose cuenta de lo que allí sucedía. No se puede entrar así en medio de una batalla. Como mínimo se debe entrar medio agachado, agazapado por temor a que te llegue alguna bala. Hablando bajo para que no te escuche el enemigo. Los análisis siempre fueron desfavorables, por supuesto. Parecía que estar allí era una especie de rendición incondicional, aunque mi cuerpo seguía dando la batalla a brazo partido, y ésta venía firmada de antemano por un general al cual nosotros no conocíamos y que seguramente nos traicionó el muy maldito. Y mi médico era de su bando, si hasta tenía un anillo muy grande en su dedo meñique de la mano derecha. Seguramente una marca tenebrosa para reconocerse entre ellos.

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“Pero también puede ser un acto liberador. Ejercer, durante unos minutos, la tiranía de la enfermedad, como esas viejitas que uno encuentra en las salas de espera de los ambulatorios y que se dedican a contar la parte clínica o médica o farmacológica de su vida, en vez de contar la parte política de su vida o la parte sexual o la parte laboral, es una tentación, una tentación diabólica, pero una tentación al fin y al cabo.” (Bolaño) Al igual que con Bolaño es el Hidago quien tiene al cuerpo entre la espada y pared. Quizás se trate del único organo que sea el receptáculo del aprendizaje poético. En él se hacen carne viva la comida, el alcohol, la automedicación y hasta enfermedades de transmisión sexual. Es el depositario de todos nuestros excesos, nuestras exageraciones. Bolaño lo sabía muy bien. Hizo de su médico Hepatólogo no sólo su médico de cabezera sino que también su amigo. Y aquí estamos, esperando el ascensor, Bolaño y Yo, para un nuevo control de los “índices”. Él sonrie y me dice que se me olvida un último síntoma del que tiene que hacerse cargo el Hígado. “El más importante”, me dice, mientras levanta un poco las cejas y se acomoda los lentes. “Y también el más maligno:…el aburrimiento

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El anillo tenía grandes letras en tres caras planas que rodeaban el dedo, lo que hacía ver el anillo de un aspecto rectangular. Logré ver que una de las letras coincidía con su apellido, las otras dos no pude reconocerlas. Usaba una ropa que correspondía a una moda antigua, de como hace 10 años. El tipo de camisa, así como la corbata y el marco de los anteojos de color dorado no coincidía con el aspecto de una persona de su edad. Lo que me hace pensar que quería parecer mayor. Lo que entre médicos es de gran utilidad. Mientras más experiencia en el campo de batalla se tenga, más te escuchan los soldados.

Alargue

El aburrimiento es el tedio. La derrota. …Yo creo (dice Bolaño analizando unos versos de Mallarmé) que Mallarmé está hablando de la enfermdad revestida con los trapos del aburrimiento. La imagen que Mallarmé construye sobre la enfermedad, sin embargo, es, de alguna manera, prístina: habla de la enfermedad como resignación, resignación de vivir o resignación de lo que sea. Es decir está hablando de derrota. (Bolaño) Y ahora que nos bajamos del ascensor y camino plácidamente por los campos junto a Bolaño, dejando la batalla atrás con sus luces y estrépitos pienso que este es el peor de los males, la resignación, la derrota que nos asola cada día. Y que a mí me tuvo a punto de palmarla y mi hígado fue el primero en saberlo. Que importa lo que haya comido, lo que haya bebido, los medicamentos que me haya autorecetado o las mujeres con que me haya acostado, si lo más importante era eludir al peor de los males: el aburrimiento y la resignación. La derrota inapelable.

…Comprendí -dijo Bolaño en ese momento de tranquilidad e infinita quietud- que los viajes, el sexo y los libros son caminos que no llevan a ninguna parte, y que sin embargo son caminos por los que hay que internarse y perderse para volverse a encontrar o para encontra algo, lo que sea, un libro, un gesto, un objeto perdido, para encontrar cualquier cosa, tal vez un método, con suerte: ‘lo nuevo’, lo que siempre ha estado allí…

Penales

Lo que mi acta de rendición impuesta no tenía planificado es que mi cuerpo y yo hicieramos una última jugada, una jugada desesperada, es cierto, una jugada del tipo del que sabe que va a morir irremediablemente pero que por lo menos quiere llevarse algunos del otro bando con él. Ese día cuando mi médico abrió la puerta el panorama era radicalmente opuesto a lo que se esperaba. Primera regla de Oro de toda batalla: atacar por sorpresa. Si hasta la gran cantidad de luz de la habitación le molestó al entrar y tuvo que cubrirse con el brazo. Las cortinas estaban abiertas de par en par; la cama hecha; el enfermo sentado, afeitado, bañado, desayunado y oloroso; si hasta una sonrisa (un poco desdibujada es cierto) se podía ver sin hacer mucho esfuerzo. Su cara fue de asombro, había recibido un certero tiro en el abdomen, letal a todas luces porque no atinaba a emitir palabra alguna. Sus últimas palabras fueron al teléfono, para pedir un formulario para dar el alta médica.